Empecé en la radio a los 13 años, cuando aún se cambiaban discos y cassettes. Viví el paso de lo analógico a lo digital, y eso me enseñó a adaptarme y a no perder la curiosidad. Con el tiempo, entendí que la voz también cambia, crece y se amolda a cada historia.
No busco que suene perfecta, busco que tenga vida. Que cada palabra encuentre su ritmo y su intención. Me gusta jugar con los matices, con los silencios, con esa forma en que una frase puede decir mucho sin levantar la voz.
He grabado proyectos comerciales, institucionales y narrativos, en castellano y en quechua. Pero más allá de los formatos, lo que más disfruto es cuando una voz logra acompañar, aunque sea por unos segundos, a quien la escucha.